2017-05-18

182.- Coincidencias en sucesos; de cómo la mente relaciona


Autor: Riskov

De vez en cuando suceden hechos que nos impresionan por su carácter coincidente. Por ejemplo, el otro día estaba pensando en mi amigo José y justo, en ese instante, suena el teléfono y, ¿quién dirán que me llamaba? ¡Exacto!, ¡era José! Pero, ¿tiene este hecho algo de particular, algún significado oculto? Veamos: es posible que piense en José varias veces al día (simple amistad) y que reciba llamadas de unas veinte personas diferentes, por lo que las probabilidades de que estuviera pensando en José y de que la llamada que recibiese fuese de mi amigo no eran bajas.

Que yo pueda estar pensando en mi amigo José y reciba una llamada de teléfono (sea ésta de quien sea) no son sucesos dependientes el uno del otro, es decir, conocer uno no nos dice nada sobre el otro. Llamemos p(A) a la probabilidad de que yo piense en mi amigo José y p(B) a la probabilidad de que reciba una llamada telefónica de mi amigo José. Estas dos variables, en matemáticas, se denominan independientes, pues p(A) no es dependiente de la probabilidad del suceso p(B), es decir, el hecho de que yo piense en José no quiere decir que aumente la probabilidad de que él me llame.

El cerebro trabaja con patrones. ¿Qué significa esto? Que el cerebro relaciona un suceso, llamémosle A, con una consecuencia B, lo cual puede ser ventajoso, porque la próxima vez le permitirá anticiparse a la consecuencia y, por ejemplo, evitar posibles peligros. A veces estas relaciones vienen codificadas de forma genética, o se crean muy pronto en forma de reflejos, como apartar la mano al ponerla sobre una fuente de calor excesivo o el miedo instintivo que tenemos a las serpientes (sería más correcto decir a la forma de las serpientes). La formación de estos patrones constituye una innegable ventaja adaptativa y por eso se han conservado en la evolución, desarrollándose aún más en el ser humano, ya que le permite reconocer a personas, los objetos de su ambiente y, lo más importante, detectar cambios en este.

Nuestro cerebro, por tanto, funciona muy bien con patrones, pero es bastante torpe al hacer frente a sucesos imprevisibles. Un ejemplo clásico de esta apreciación es lo que el matemático Nassim Taleb denomina "El problema del cisne negro". Así, a principios del siglo XVIII, los colonos ingleses que volvieron de Australia trajeron consigo en las bodegas de sus barcos varios ejemplares de la especie Cygnus atratus, que no son otra cosa que cisnes color azabache. Sin embargo, hasta ese momento se pensaba que todos los cisnes eran blancos, por lo que el descubrimiento de esta variedad de color negro supuso una cierta conmoción en la sociedad inglesa, ya que se trataba de un hecho imprevisible, y para darle explicación (crear patrones) se elaboraron todo tipo de teorías, algunas de origen místico, e incluso de tipo diabólico (en efecto, se afirmaba que estos cisnes eran la reencarnación del propio diablo). En realidad, lo único que trataban era de dar un sentido a ese hecho imprevisible.1

Dice Taleb que es probable que suceda un hecho improbable, pero es mucho menos probable que suceda un hecho concreto (es muy improbable que caiga un rayo sobre una persona pero es aún menos probable que lo haga sobre mí mismo), por lo que el autor se plantea si no tendremos una tendencia a sobreestimar las coincidencias. Por tanto, la cuestión no es que tenga lugar un hecho poco probable, sino encontrar la probabilidad de que suceda algo de tipo general. Así, todo lo que podemos predecir se resume en la pregunta: ¿cuál es la probabilidad de que algo de tipo general suceda? Obviamente podríamos excluir de este tipo de sucesos las tan socorridas experiencias de carácter anecdótico e irreproducible ofrecidas por las pseudociencias (aquello de a mí me pasó que... o, a la prima de la hermana de mi vecina la secuestraron unos alienígenas).

Últimamente han proliferado las manifestaciones a favor de una conexión cósmica y universal en la que todo estaría enlazado entre sí. Esta interpretación pretende dar sentido causal a todas las coincidencias. Incluso si en una celebración de cumpleaños juntamos a 23 personas y encontramos que hay dos de ellas que cumplen años el mismo día, ¿significa algo extraordinario esta coincidencia? No, puesto que hay un 50% de probabilidades de que ocurra.

Por tanto, hay hechos que psicológicamente nos resultan poco probables, que atribuimos a coincidencias y a los que damos un significado que muy probablemente no poseen, estableciendo causalidades que no existen.
¿Qué vías cerebrales podrían estar facilitando esta exagerada propensión al establecimiento de causalidades que se da en ciertas personas? Aquí se entra en el plano de la especulación. Es plausible que en estas personas el sistema límbico (el que dota de un cariz emocional a los diferentes estímulos y, por tanto, da sentido a esos estímulos) se activaría más intensamente ante estos hechos imprevisibles. En esas condiciones la corteza prefrontal, que normalmente controla una actividad excesiva del sistema límbico, sería incapaz de inhibir la actividad de este y, por tanto, no entraría en juego (o en dosis mínimas) el pensamiento racional. Obviamente esta es una hipótesis poco elaborada en la que seguramente están implicados factores culturales (los que han dado lugar a esa exacerbación de la actividad límbica) o incluso genéticos.

Un resultado en el laboratorio apoyaría en parte esta hipótesis. El neurólogo suizo Peter Brugger llevó a cabo un experimento con 20 personas que creían en sucesos paranormales y 20 que se consideraban escépticos. A estos voluntarios les mostró imágenes de rostros que eran reales y otros que estaban difuminados. Ellos tenían que decir cuáles eran reales y cuáles no lo eran. También realizaron una prueba similar con palabras. Pues bien, los individuos "creyentes" cometieron más errores que los individuos escépticos al tratar de discriminar entre los rostros y palabras que no eran reales de los que sí lo eran. Sin embargo, cuando se les inyectó L-DOPA, un precursor de la síntesis de la dopamina que permite que aumenten los niveles de este neurotransmisor en el cerebro, los escépticos cometieron más errores que antes. Afirma el autor del trabajo que la dopamina parece ayudar a la gente a ver patrones. No es sorprendente, llegados a este punto, saber que la dopamina es parte muy importante en los sistemas cerebrales de recompensa y motivación (integrados en el ya mencionado sistema límbico), que nos informan sobre qué estímulos son relevantes y cuáles no.



1 Una anotación que hace referencia a la metodología científica, en particular a su carácter transitorio y a su continua validación. Del episodio de los cisnes negros, Hume acuñó la siguiente afirmación: De la observación de un sinnúmero de cisnes blancos no se podrá inferir que todos los cisnes son blancos, sin embargo, ver un solo cisne negro será suficiente para refutar tal conclusión. Este mismo razonamiento es el que se aplica a todas las teorías científicas y al conocimiento científico en general. Si una teoría perdura es porque no se ha encontrado una sola observación experimental o supuesto teórico que refute esa teoría.

Fuente: El cerebro de Darwin